Perros apaleados

perros apaleados

Foto cedida por José Antonio Ferreiro.

A Roa de Duero llegamos como perros apaleados. Un palo nos lo dio el sueño, otro la Diputación de Palencia y el tercero, la proverbial sobriedad del castellano.

Morfeo nos sacudió por nuestro desprecio reiterado, porque desprecio a tan importante caballero es pasarse dos noches en blanco. Así que nos sacudió duro, pero con justicia.

La Diputación de Palencia no tiene por costumbre, según parece, alquitranar sus rectilíneas carreteras, y así nos golpeó los bajos con el traqueteo incesante de millones y millones de baches. En la hucha de la Diputación de Palencia no debe de haber ni un céntimo para alquitranar las carreteras, y a nosotros nadie nos manda circular por ellas en vehículos sin suspensión. Así que el castigo fue cruel, pero ecuánime.

El castellano gasta fama de sobrio, seco, enjuto. Así pues, no esperábamos encontrarnos una fiesta en cada pueblo. Nos tropezamos con una, por cierto, y muy animada, pero era privada y no nos invitaron. Así que, guiados por tres gepeeses no siempre coincidentes en sus dictámenes, seguimos adelante. Estábamos seguros de que, tarde o temprano, divisaríamos la lucecita mortecina que anunciaría algún local más o menos decente donde una clientela insomne nos saludaría cubata en mano. Pero la lucecita no aparecía y cada pueblo que atravesábamos era un decorado fantasmal. Ni un alma. Los castellanos, que suponemos las tienen, debían de guardarlas detrás de tupidas persianas.

Rebajamos entonces nuestras expectativas: tal vez, a la vuelta de cualquier repecho nos esperaría una gasolinera en la que podríamos comprar una chocolatina y calentarnos detrás del motor de la máquina expendedora de cocacolas. Pero tampoco llegamos a ver ningún establecimiento de este tipo. El castellano o no consume gasolina o la guarda sobriamente en el granero. Nos aferramos entonces a la última esperanza.

Los randonneurs somos gente con un pasado, y sabemos que hay un tipo de local que no falta en ninguna civilización y que ofrece sus servicios preferentemente en horario nocturno. Lupanar, mancebía, burdel, casa de lenocinio… El nombre nos daba igual. Tampoco nos preocupaba la calidad de los recursos humanos, siempre y cuando supieran manejar la cafetera. Kilómetro a kilómetro, mientras las estrellas nos dejaban y el horizonte se pintaba de rojo, nuestra última esperanza fue decayendo. Según parece, la sobriedad del castellano alcanza también a sus hábitos carnales. Solo nos faltó que, parafraseando al filósofo, algún representante de tan ascética especie nos gritara: “¡Caballero. En Castilla no hay putas!”.

Crónica de la Coruña-Coruña, brevet de 600 Km organizada por el Club Ciclista Riazor.

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