El vello que se eriza

escudero portada

Confiesa Escudero que uno de los retos a los que hubo de enfrentarse para alcanzar la excelencia técnica en su oficio fue hacer hablar a los maestros. Pues los maestros en el taller no lo cuentan todo. Reservan los secretos para ámbitos más cálidos. Ahí basta la palabra a media voz, porque el vino compartido agudiza el oído.

Así que tenemos un escultor que no sería tal si no hubiera sabido afinar su capacidad de escucha. Y sin embargo, cuando trabaja, Escudero puede llegar a hacer un ruido ensordecedor. Sus vecinos lo saben bien, pero no se quejan. Son vecinos comprensivos. Buenos vecinos de San Román. Escudero se cubre reglamentariamente las orejas antes de poner en marcha el compresor.

Que Francisco Escudero sabe escuchar te queda claro cuando reparas en que nunca interrumpe la pregunta. Y siempre responde con pausa. A lo largo de su trayectoria ha escuchado muchas explicaciones, muchas ideas, muchos encargos. Escuchando al otro, busca las motivaciones, las íntimas necesidades que llevan a una persona a desear que de la piedra, de la madera, del bronce nazca una escultura.

Hacia el año 2002, el artista reparó en que llevaba mucho tiempo plasmando motivaciones ajenas, y decidió prestar oídos a las suyas propias. Así pues, cuando hay ruido de fondo y necesita escucharse, toma la escoba. Los útiles y herramientas descansan en orden minucioso. Hace frío, un frío húmedo, pero no importa. Escudero barre el taller. Escucha…

Hasta ese punto de giro de su carrera, que hemos situado en 2002 y del que por tanto se ha cumplido una década, la  mayor parte del trabajo del escultor se volcó en el encargo privado y la obra destinada al espacio público, relegando la creación personal a un segundo plano. Sobre la base de una sólida preparación, la necesidad de enfrentarse una y otra vez a retos planteados desde el exterior le permitió alcanzar el pleno desarrollo de su técnica y ampliar progresivamente los límites de su lenguaje, adentrándose en territorios que tal vez no hubiera explorado de no haber sido forzado a ello por  necesidades planteadas desde el exterior.

Liberado de las ataduras del encargo, Escudero ha podido en los últimos diez años profundizar en la originalidad y autonomía de un discurso ya sólidamente construido. Un discurso expresado sobre el amplio conjunto de materiales que caen bajo su dominio técnico: madera, bronce, cerámica, cemento, piedra… Llega así a su personal apuesta por la escayola. Relegada habitualmente a las etapas preliminares de elaboración de la obra, Escudero la emplea como materia final. Acepta así el apremio que impone. El vértigo de acompañarla en su breve tránsito al estado sólido. Qué lejos queda ahora la rotundidad del granito.

Y sin embargo la piedra fue la obsesión del joven estudiante de la Escuela de Artes y Oficios de A Coruña que leía en el conjunto escultórico de Asorey dedicado a Curros Enríquez. Discurso contundente. Un libro abierto. Esa fascinación le llevaría años más tarde a sumergirse en el mundo de los canteiros y a viajar a Italia para, con la intercesión de los maestros de Carrara, intimar con el mármol: delicadeza absoluta.

Escudero concede una importancia decisiva al dominio técnico, pero su obra huye del virtuosismo y reivindica la nobleza de la materia, su belleza primigenia. El modelo está siempre en la naturaleza, en la figura humana como parte de aquella y en la propia historia del arte como rastro fragmentario de esa persecución del modelo. Por eso sus esculturas  no dejan de ser piedra, tronco, materia en fin. Esa es la magia del oficio que acecha desde su infancia, cuando las piezas elaboradas por su padre rodaban por la casa familiar con total naturalidad.

La manifestación artística puede no necesitar de una concreción tangible, pero no deja de ser fascinante la traslación de una idea, de un pensamiento, a una obra mensurable, que ocupa y modifica desde su nacimiento el espacio y todo aquello que la rodea. Escudero logra esa alquimia fantástica. Y resulta reconfortante que no tenga reparos en descubrirse, sencillamente, como buscador de la belleza. En su vision, esta porfía es un camino de conocimiento que exige del artifice humildad y respeto. Equipaje imprescindible para habérelas con al material; con el observador que debe ser receptor y descodificador del mensaje; con la función que ha de jugar la escultura en el espacio público.

Por eso el escultor quiere ver su arte más cerca del grafiti que interviente desinteresadamente el medio urbano vivo que de la pieza fósil mercantilizada en la galería. Artista sin mercado. Tal vez ese ideal esté representado en el Breogán desnudo, héroe inerme que vigila la coruñesa plaza de San Cristóbal.

Desde un planteamiento humanista, la obra de Escudero mantiene vivas las dimensiones ética y política del arte. Parte de ello es la vocación didáctica, que ocupa un lugar preferente en esta exposición que repasa los últimos diez años de su trabajo, mostrando la obra no solo como resultado final, sino también como proceso. Desde la idea  hasta el acabado último, pasando por el dibujo, el prototipo, el desvaste… Aquí no hay alta velocidad. En cada fase, el artista transita por caminos, al paso del hombre, abrevando a la menor ocasión. Buscando, tal vez, en la materia, con cada gesto de la mano que moldea, con cada percusión de la herramienta, aquello que nos hace humanos. Ahora  quiere compartir esa búsqueda. Incitar, proponer, ofrecer tal vez un testigo. Porque quizá alguien, en algún momento, querrá tomar el relevo.

Como si de piezas de un museo tifológico se tratasen, el artista invita a pasar la mano sobre el torso de mármol, a abrazar a su Castelao eternamente sentado. Para percibir a través de la piel la temperatura de la materia, el juego de los volúmenes, la trabazón sutil de las texturas. Para sentir el granito con el cuerpo. Porque no hay escultura sin caricia. No es el golpe del cincel, sino el vello que se eriza lo que la hace nacer de la piedra.

Por Paula Pereira y Anxo Carracedo.

Texto de presentación del catálogo Francisco Escudero. Experiencia creativa 2002 – 2012

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