La luna llena, la buena gente y el randonneur instantáneo

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Por si alguien no lo sabe, las brevets se pautan y organizan según el calendario lunar. No está confirmado, pero es probable que ya lo hicieran así los antiguos egipcios, atinados observadores del firmamento. Fiel al programa y abriéndose paso entre las nubes, Catalina, grande y hermosa, nos mostró el camino desde el inicio, por secretas carreteras que, vete tú a saber cómo, nos llevaron hasta la tumba de Santiago el Mayor, randonneur histórico en su barca de piedra. Tampoco está confirmado, pero es altamente probable que llevara sus herramientas de cristianar en una bolsita Carradice of Nelson. El Apóstol, en un gesto que le honra y que confirma que es él y no un hereje impostor quien duerme en Compostela, pasó por alto el irreverente vaciado de sentinas en la misma plaza del Obradoiro. Lo pasó por alto y nos bendijo. Y por eso luego vino todo lo que vino. La luna se puso su cara más bonita y se despidió en el alto de San Martiño, dejándonos en manos de un sol rácano y perezoso.

2.

A un ritmo para mí desconocido en una brevet, llegamos a O Carballiño. Era demasiado temprano, así que el pulpo siguió durmiendo y nosotros nos pedimos cafés y colacaos. Recuerdo luego atravesar Ourense por carreteras de doble carril y comenzar una subida larga, interminable, con la promesa siempre demorada de llegar a Allariz. Temí deshidratarme, con mi traje de noche y aquel sol que por primera vez hacía su trabajo. Llegamos finalmente, pero aun hubo que avanzar unos kilómetros más hasta Valverde. Allí nos esperaba la gloria: una mesa repleta de estupendos manjares y dos personas encantadoras pendientes de cualquier cosa que pudiéramos necesitar. Gracias de nuevo a Felipe, a su hermana y a su cuñado, la buena gente de Valverde, lugar donde el verano existe.

3.

Dicen los que saben que el randonneur se cuece a fuego lento. Paso a paso. Brevet a brevet. De menos a más. Es así como se aprende a sobrellevar fatigas y dolores. A superar las crisis sabiendo que llegarán momentos mejores. Es así como se tallan las piernas y la mente. Es así como uno se va conociendo. Poco a poco. Dicen los que saben. Pero luego aparece el que está libre de las ataduras del saber. El incauto. El que no tiene bicicleta propia. El que nunca ha usado pedales automáticos. El que aprende a última hora el manejo del cambio y apenas logra reunir un equipo precario para sobrevivir al frío de la madrugada. A lomos de su Katowa by Sutton Bikes. Nadie da un duro por él. Pero ahí está, en la foto de salida. Con su chuvasquero verde Irlanda. Pronto le perdimos de vista, y poco supimos de él a lo largo del día. Pero lo hizo. Matthew Ward. El randonneur instantáneo.

Crónica de la brevet de 400 Km organizada por el Club Ciclista Riazor.

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