¿Por qué ando en bici?

Me resulta difícil explicar por qué ando en bicicleta. Suelen viajar conmigo fastidiosos polizones: el frío en invierno y el calor en verano; el acecho permanente de la caída; la hostilidad de los vehículos motorizados; el dolor… En teoría, esa compañía ingrata se compensa con un puñado de sensaciones poco sofisticadas: el viento en la cara, el crujido de la rodadura, el paisaje en movimiento… Placentero, pero insuficiente para cuadrar la cuenta. ¿Cómo explicar entonces la sonrisa que el pedaleo abre en la cara del aficionado?

Buscando una justificación racional, he llegado a pensar que la bicicleta te devuelve la infancia por unas horas. Pedaleando recuperamos el placer de los primeros juegos: alejarse de casa, adentrarse en territorios inexplorados, probar tu habilidad. El problema de esta explicación es que parece reforzar uno de los argumentos más caros a la legión de nuestros detractores: “¡A vuestra edad! ¡Vestiros con esa ropa de colorines para comportaros como críos!”… Probemos un sendero menos escarpado.

A estas alturas me interesa más relacionar la bicicleta con la cooperación que con la competición. Tal vez por ahí podríamos tirar: compartir una ruta recién descubierta, echar una mano en caso de avería… No está mal. Dar pedales para hacer el bien… ¡Uf! Demasiado empalagoso, y quizás poco sincero. Vale ir de buen rollo, pero un pique de vez en cuando pone al asunto sal y pimienta. De nuevo es necesario buscar otro camino.

De todas las experiencias que he vivido con la bicicleta, sin duda la del viaje es una de las más gratificantes. Siempre me sorprende la buena acogida de los lugareños. Ven en el ciclista a un ser frágil y desamparado, incapaz de matar una mosca. ¿Cómo no ayudarle?… ¡Y un jamón! Hay dientes de lobo bajo esa piel de cordero. Yo los he visto robar manzanas, pisar fincas privadas, piratear programas para el GPS, provocar a los perros guardianes, criticar con dureza la arquitectura popular. Quienes lo saben esperan a la puerta de casa la ocasión de la venganza: “Sí, sí. Por ahí vais bien. Hay que subir un poco y luego es todo cuesta abajo”. Y mientras te retuerces en el repecho que resultó ser interminable comienzas a oír a lo lejos esa risita sádica…

Me bajo. Sigo sin saber qué pinto andando en bici. Pero os aseguro una cosa: seguiré buscando la respuesta cada domingo, con los riazores.

Publicado en el Anualro 2007 del Club Ciclsta Riazor.


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